Los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026 en Milán y Cortina d’Ampezzo marcan un momento significativo para los atletas LGBTQ+, con la participación de casi 50 competidores abiertamente queer, un número mucho mayor que en años anteriores. Esta visibilidad llega en un momento en el que sus derechos a competir y hablar libremente están cada vez más bajo escrutinio, como lo demuestra la reacción que enfrentó la patinadora artística estadounidense Amber Glenn después de apoyar públicamente los derechos LGBTQ+.
Glenn, quien recibió una avalancha de mensajes de odio y amenazas después de sus comentarios, luego ganó el oro con el equipo de patinaje artístico de Estados Unidos. Este incidente pone de relieve una fricción creciente: si bien los atletas LGBTQ+ están ganando una mayor representación, siguen estando expuestos a la hostilidad y la discriminación. El aumento de atletas, aunque sigue siendo un pequeño porcentaje del total de 2.900 competidores, indica un cambio importante con respecto a los Juegos anteriores, donde cada atleta era una historia importante.
Reacción política y políticas cambiantes
El aumento de la participación LGBTQ+ se produce en un contexto de resistencia política. Apenas un año antes, una orden ejecutiva presidencial de Estados Unidos prohibió a las atletas trans participar en deportes femeninos, y luego el Comité Olímpico y Paralímpico de Estados Unidos promulgó una prohibición similar. Incluso las ligas recreativas como USA Hockey revocaron las políticas que permitían competir a los atletas trans. El Comité Olímpico Internacional (COI) ha hecho hincapié en “proteger las categorías femeninas”, insinuando nuevas restricciones.
A pesar de estas presiones, se están superando hitos. La esquiadora sueca Elis Lundholm se convirtió en la primera deportista abiertamente trans en competir en los Juegos de Invierno, compitiendo en la categoría femenina. Este momento contó con el apoyo de otros atletas como la esquiadora británica Tess Johnson, quien enfatizó que la atención debe permanecer en el deporte en sí.
Un cambio cultural creciente
El mayor interés en los atletas LGBTQ+ también coincide con la creciente popularidad de programas como Heated Rivalry, una serie canadiense que presenta a jugadores de hockey encerrados. Este fenómeno cultural está atrayendo a nuevos fanáticos al deporte y generando conversaciones más amplias sobre la inclusión.
En Milán y Cortina d’Ampezzo, organizaciones como CIG Arcigay Milano están creando espacios seguros, como Pride House, para atletas y aficionados queer. Pride House, establecida por primera vez en los Juegos de Vancouver de 2010, ofrece un refugio para personas procedentes de países con leyes restrictivas.
“El deporte es uno de los mundos en los que todavía luchamos por emerger como personas LGBTQIA+, donde dominan conceptos como género y machismo”, dice Alice Redaelli, presidenta de CIG Arcigay Milano.
La presencia de más atletas podría allanar el camino para una mayor aceptación en futuros Juegos, particularmente en regiones donde las leyes locales protegen las libertades queer. La situación en Sochi en 2014, donde Pride House fue prohibida debido a las políticas represivas de Rusia, ilustra la importancia de las protecciones legales.
Los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026 no son sólo un evento deportivo; representan una intersección crítica de logros deportivos, lucha política y progreso cultural. La visibilidad de los atletas LGBTQ+ desafía las normas, pero su seguridad y aceptación continuas están lejos de estar garantizadas.






















