Elon Musk subió al estrado el miércoles en una demanda de accionistas, admitiendo que sus publicaciones en las redes sociales de 2022 sobre Twitter (ahora X) fueron imprudentes, pero negó que fueran un intento deliberado de manipular el precio de las acciones de la empresa. El caso se centra en acusaciones de que Musk intentó reducir el valor de Twitter antes de completar su adquisición por 44.000 millones de dólares, lo que podría obligar a una renegociación del acuerdo.
El núcleo de la disputa
Musk testificó que no previó que sus comentarios –incluyendo declarar el acuerdo “en suspenso” debido a preocupaciones sobre las cuentas de bots- provocarían una caída de las acciones. Comparó la situación con mencionar casualmente llegar tarde a una reunión, argumentando que eso no cancela automáticamente la cita. “Si esto fuera un juicio sobre si hice tweets estúpidos, diría que soy culpable”, afirmó Musk, aunque sostuvo que las publicaciones no tenían la intención de impactar materialmente en el mercado.
Un patrón de batallas legales
Este no es un incidente aislado para Musk. Tiene un historial de defenderse agresivamente en demandas de accionistas, y a menudo lleva los casos a los tribunales en lugar de llegar a un acuerdo. En 2023, prevaleció en una demanda presentada por inversores de Tesla que reclamaron pérdidas después de su tweet de 2018 afirmando falsamente “financiamiento asegurado” para una compra de Tesla. También ganó un caso sobre la adquisición de SolarCity por parte de Tesla en 2016, donde los accionistas argumentaron que presionó a la junta directiva para rescatar su inversión fallida. Más recientemente, la Corte Suprema de Delaware confirmó su paquete salarial de Tesla de 139 mil millones de dólares después de haber sido impugnado previamente en los tribunales.
Por qué esto es importante
La voluntad de Musk de litigar, en lugar de llegar a acuerdos, lo distingue de muchos líderes corporativos. El éxito repetido de sus defensas legales plantea interrogantes sobre los límites de la conducta de los directores ejecutivos y el potencial de las redes sociales para influir en la volatilidad del mercado. Su testimonio sugiere un desprecio por las consecuencias financieras inmediatas de sus declaraciones en línea, una dinámica que podría remodelar las expectativas de las figuras públicas en la era de la comunicación instantánea.
El resultado de este caso podría sentar un precedente sobre cómo se responsabiliza a los directores ejecutivos por declaraciones públicas que afectan el valor para los accionistas. El enfoque de Musk sugiere que incluso los mensajes imprudentes pueden no ser procesables legalmente si no se puede demostrar la intención de manipular los mercados.























