En un mundo saturado de ruido digital, un número creciente de personas busca activamente refugio en una desconexión deliberada. El Offline Club, un movimiento que se originó en los Países Bajos y ahora se extiende por Europa, facilita este escape al organizar reuniones sin teléfono donde los asistentes entregan sus dispositivos para un respiro temporal de las incesantes demandas de la conectividad moderna.
El concepto es simple: los participantes entregan sus teléfonos inteligentes a su llegada y los guardan en un “hotel cápsula” seguro durante la duración del evento. Estas reuniones, que se llevan a cabo en espacios minimalistas como bloques de oficinas reutilizados en el este de Londres, están diseñadas para fomentar una experiencia compartida de interacción desconectada. Los asistentes, normalmente de entre 25 y 40 años, participan en actividades de baja estimulación como leer, colorear o simplemente sentarse en silencio. Los eventos siguen un formato estructurado: una hora de contemplación tranquila seguida de una hora de conversación, todo ello estrictamente sin dispositivos.
El atractivo radica en reclamar la agencia sobre la atención en un entorno diseñado para robarla. Laura Wilson, copresentadora de la sucursal de Londres, enmarca el movimiento como una “rebelión gentil” contra la influencia omnipresente de los teléfonos inteligentes. Para algunos, se trata de escapar de la tiranía percibida de las notificaciones constantes; para otros, es una búsqueda de una concentración profunda o una oportunidad de forjar conexiones genuinas sin la distracción de las pantallas.
El Offline Club comenzó en 2021 como un fin de semana experimental fuera de la red en la campiña holandesa. Ahora opera como un modelo de franquicia, con sucursales en 19 ciudades, cada una dirigida por organizadores a tiempo parcial. Los eventos se agotan rápidamente, impulsados por el boca a boca e, irónicamente, la exposición en las redes sociales. El movimiento cobró impulso después de que una sucursal de Londres intentara batir un récord mundial no oficial al reunir a 2.000 personas para contemplar la puesta de sol sin teléfonos, lo que consolidó aún más su atractivo.
La motivación subyacente no es simplemente la antitecnología, sino el reconocimiento del costo psicológico de la conectividad constante. Algunos asistentes buscan replicar experiencias perdidas en la era digital, como el silencio comunitario de las reuniones cuáqueras. Otros, como un empleado de Meta que asiste en secreto, admiten tener una adicción personal a sus propios dispositivos. El acto de entregar un teléfono se convierte en un acto simbólico de resistencia contra una realidad que de otro modo sería ineludible.
Los acontecimientos crean una dinámica social peculiar. Los participantes informan de una incomodidad inicial seguida de una sorprendente sensación de liberación. La ausencia de teléfonos elimina la habitual red de seguridad conversacional, lo que obliga a la interacción directa. Sin embargo, el movimiento no está exento de contradicciones. La mayoría de los asistentes descubren el Offline Club a través de las redes sociales, lo que resalta la paradoja de utilizar las mismas plataformas de las que buscan escapar.
En definitiva, Offline Club es una respuesta al ritmo cada vez más aislado y frenético de la vida moderna. Ofrece un espacio de tiempo temporal donde las personas pueden volver a conectarse consigo mismas y con los demás sin las interrupciones de un mundo gobernado por dispositivos. Los acontecimientos, aunque breves, aprovechan un anhelo más profundo de intencionalidad y presencia en una época de distracción implacable.























