Steve Jobs no empezó como un magnate de la tecnología. Nacido en 1955, fue puesto en adopción por padres biológicos que más tarde tuvieron otro hijo, un hecho que Jobs sólo supo décadas después. Creció en Cupertino, California, criado por Paul y Clara Jobs. Paul era maquinista. Clara mantuvo la casa en funcionamiento. Fomentaron la curiosidad de Steve, incluso si no entendían completamente su intenso enfoque en la electrónica.
Su camino no fue lineal. Jobs abandonó Reed College después de sólo seis meses. La matrícula era elevada. El apoyo financiero de sus padres adoptivos fue limitado. Pero no abandonó el campus por completo. Asistió a clases que le interesaban, como caligrafía. Esa clase aparentemente inútil influyó más tarde en la elegancia tipográfica del Macintosh.
Antes de Apple, Jobs trabajó en Atari. Diseñó videojuegos. La paga era modesta. Las horas fueron largas. Esta experiencia le enseñó a fabricar productos bajo presión. También le presentó a Steve Wozniak, un ingeniero que compartía su pasión por la informática.
Jobs también buscó significado más allá de las placas de circuito. En 1974 viajó a la India. Esperaba estudiar budismo zen. Se afeitó la cabeza. Vestía túnicas tradicionales. El viaje no cambió nada en sus habilidades técnicas. Dio forma a su visión del mundo. Hizo hincapié en la simplicidad. Reforzó la idea de que menos podría ser más.
Estas experiencias (deserción escolar, Atari, India) preceden al lanzamiento de Apple en 1976. No fueron pasos hacia una escalera corporativa. Eran exploraciones. Jobs no sabía que estaba construyendo una empresa. Estaba resolviendo problemas. Estaba persiguiendo ideas. Lo demás es historia. Pero la historia no explica el por qué.





















